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30.12.11

El mejor regalo


La luz era cegadora cuando abrí los ojos. Las sábanas blancas estaban tan frías que parecía como si nadie hubiese estado durmiendo allí. Me levanté sin ánimo alguno y me di cuenta de no había ningún rincón en aquel sitio que albergase algún otro color que no fuese aquel blanco, tan vacío. Ni si quiera olía a nada. Daba la sensación de que estaba en una habitación muy iluminada y completamente vacía, en medio de la nada.
Ya tenía todo recogido y metido en la maleta para irme de aquel lugar que guardaba tantos recuerdos. No podía permanecer allí más tiempo o me volvería loco del todo.
Bajé las escaleras del hotel, y al llegar al vestíbulo que comunicaba con el recibidor, la señora que limpiaba todas las mañanas se quedó mirándome fijamente mientras andaba, hasta que se atrevió a decir:
-    Pensé que tal vez así duraría más su estancia se dio la vuelta y se fue moviendo la cabeza.
No entendí muy bien por qué dijo aquello, hasta que de pronto, Rose, una recepcionista del hotel, entró en el vestíbulo y anduvo directa hacia mí. Se paró en seco, miró mi maleta y soltó:
-    ¿Pero es que no le ha quedado ya bastante claro? ¿Qué más necesita? ¡Haga el favor de entrar en su habitación y reflexione! Tal vez necesite mirar dos veces para ver lo que siente de verdad me empujó literalmente hacia las escaleras que daban arriba y se marchó, no sin antes mirarme amenazadoramente.
Yo no entendía nada. Todo era rarísimo. ¿Es que acaso era de su incumbencia si yo me iba o no de aquel lugar?
Confuso, como estaba, ya que no quería discutir, ni tenía ganas de pensar si lo que hacía era correcto… decidí volver a entrar en la habitación, solo para comprobar que no había visto alguna pista que indicase que todo aquello tenía algún sentido. Así pues, pasivamente, entré.
Dejé la maleta en la puerta y de pronto un olor dulce e inconfundible inundó mis fosas nasales. Definitivamente, era chocolate caliente, pero… ¿por qué olía a chocolate caliente en mi habitación? Decidí seguir andando, y vi que, sobre la mesa de madera había un bote de mermelada de frambuesa. Pero, eso no era posible, no había visto ninguno desde… de pronto un sentimiento de nostalgia me estrujó por dentro. Apenas podía respirar cuando vi que había una nota sobre el bote de mermelada. Tenía un beso sellado que  nunca olvidaría y ponía esto:
-    Busca el lazo rojo.
Sabía que era su letra, su beso, ELLA
Sin más dilación comencé a buscar, pero sabía que algo se me escapaba. Si había algún sitio donde debía buscar (aparte de mi corazón) ese debía ser “el gran escondite”. Allí donde solíamos beber chocolate caliente y contarnos historias bajo las mantas de invierno a la luz de un farolillo. Rápidamente eché a correr hacia el gran armario y vi que en el mango estaba atado el lazo rojo, lo cogí, y abrí el armario.
Lo que vi me dejó sin aliento. De pronto todo a mi alrededor había desaparecido y solo estaba ELLA. Con aquel lazito rojo que le rodeaba la cabeza y vestida con aquella camisa blanca que le dejaba entrever sus blancas y delicadas piernas. Antes de que diese un solo paso, ELLA se lanzo hacía mi, sellando sus rojos y carnosos labios en los míos. Caímos al suelo y durante un tiempo estuvimos agarrados sin despegarnos, recordándonos el uno al otro cuanto nos queríamos.
Cuando nos levantamos, nos miramos, volvimos a besarnos como si fuese la última vez, y entonces empezamos a hablar a la vez. Todo pasó muy rápido, me dijo que no debió irse, yo le confesé que fui un estúpido al no ir tras ELLA, y al fin dijo:
-    Siento no haber estado contigo estos días, pero… como recompensa para empezar bien este año, te daré algo que espero que sea con lo que has estado soñando… así pues… este es mi regalo – se inclinó hacia mí y cogió un extremo de su lazó mostrando algo que había grabado en él: “soy tuya”.
Sin más dilación, tiré del lazo y cuando se deshizo la cogí en brazos y la besé con más pasión que nunca, recordando que jamás dejaría que ELLA volviese a escapar furtivamente de mi vida. Pues no era solo un regalo, era ELLA, esa parte de mi que hacía que todo tuviese un sentido, o al menos un sentido para nosotros.

No he escrito mucho estos días, porque... en resumidas cuentas... he estado muy baja de ánimos, pero bueno... ahora intento dejar todo eso atrás, y mirar hacia delante. Muchos besos.

29.7.11

Recuerdo desnudo

El viento me roza la cara, haciendo que todo se ralentice, como si fuese a cámara lenta. De pronto me siento completamente desnuda. Las últimas notas tristes de la melodía me hacen pulsar el botón para volverla a escuchar. Todo es como una película triste y lenta. Recuerdo sus voces, sus últimas palabras. Antes de que todo se volviese borroso y oscuro, antes de morir. Y aquí sigo, en el mismo cruce, en el mismo instante, y todo vuelve a empezar. Todos aquellos intentos por parecer fuerte, se desvanecieron en solo palabras y lágrimas. Todavía escucho esa voz sabia en mi cabeza que dice: nada se ha logrado jamás con lágrimas. Supongo que mi fracaso lo demuestra, pero lamentablemente no puedo volver, ni tampoco seguir adelante. Anclada en el frío recuerdo, soy frágil, pero nada me rompe, ya que estoy yo sola, en mi agonía, en mi recuerdo.

28.3.11

Dudas, ¿o algo más?

Tiene las manos heladas. Siente el ardor que corre por las venas hinchadas de sus manos. El suelo de piedras bajo sus pies le produce cosquillas. El vaho que sale de su boca dibuja una nube grisácea en el aire congelado, tardando en desvanecerse. Al llegar al parque solitario, una ráfaga de viento le roza la cara suavemente, gélido, aludiendo su debilidad. Un columpio comienza a balancearse suavemente. El contacto que siente con las cadenas oxidadas de aquel columpio, frío, tarda en quedarse templado bajo el calor de sus manos, y el esmalte rojo de sus uñas resalta en la oscuridad de la noche, haciendo juego con sus carnosos labios rojos. El viento mueve su cabello lentamente. Sus labios, fríos, le tiemblan al tiempo que castañea, tiritando de frío. La fina blusa que lleva deja entrever su piel, con el vello erizado por los escalofríos que no puede evitar sentir. Con aquella chaqueta de cuero sobre los hombros, no parece que tenga frío, es más, está más ardiente que nunca. Una lágrima cae por su mejilla, mientras piensa en los nudos congelados de su mente y su memoria. A paso lento llega hasta los columpios y se deja caer en el que está quieto. Con un impulso fuerte, comienza a columpiarse más rápido. El columpio de al lado se mueve más, y más, en dirección a la Luna. Y es en ese momento, es cuando se da cuenta de lo grande que es esa noche. La mira fijamente, y mientras recuerda aquella melodía lejana, pero a la vez tan cercana, comienza a columpiarse, dejando que todas esas lágrimas escondidas salgan, sin parar. Mirando la Luna, piensa en todas esas historias fugaces, que una vez le contaron, y que nunca le importaron tanto. Y sin querer aceptarlo, tiene los ojos húmedos, sin saber por qué.

Los dos columpios se balancean al contrario, y los dos, en la misma dirección. Hacia esa Luna llena, tan grande, tan brillante, tan deslumbrante. De pronto, de la nada, aparece un cuerpo entre los dos columpios, iluminado, y a la vez apagado, lúgubre. Emanando una tristeza que solo dos personas juntas pueden llegar a sentir. No tiene lágrimas, pero tiene historia, una historia larga de contar. Los nudos, en su interior, congelados, no dejan escapar esa duda que todavía resuelta no está. Esa duda, esa duda… o algo más.
El cuerpo, desaparece, sin dejar rastro. Y luego, sin más, los dos columpios se paran, dejando al parque sumido, en un silencio, y nada más.

22.1.11

El roce de un recuerdo

Cuando Becka se despertó, notó un extraño vacío en esa parte de su cuerpo situada en la zona izquierda del pecho. Se palpó pero no notó ningún latido, ninguna señal que indicase que estaba viva, con la sangre circulando por sus venas. No notó nada. La preocupación se agitaba en su interior. Lo primero que pensó fue que su vida, sencilla hasta ahora, se complicaría por completo. Lo segundo, y no menos importante, fue… ¿qué haría una chica por el mundo sin corazón? ¿Qué sentido tiene ir andando por ahí, sin poder sentir la velocidad de tus latidos? En fin, pobre Becka. Sentía que el mundo la había abandonado por completo.
Se levantó de la cama y fue al armario de la cocina, a ese estante donde se encontraban sus galletas preferidas, esas que siempre le sacaban una sonrisa cuando estaba deprimida. Entonces se dio cuenta de que se le olvido ir a comprar el día anterior. ¡Vaya! Así que también había perdido la cabeza y… espera, el corazón no puede haberse perdido, lo tenía muy escondido, ¡Claro! Ya está, ha perdido la cabeza, y le han robado el corazón. Ya lo tenía todo, pero, no, todavía faltaba algo, ¿quién le había robado el corazón? ¿Y donde había perdido la cabeza? Estas dos preguntas le acechaban insistentemente, todo el rato. A ver, concentrémonos, se dijo seriamente Becka. De pronto, la seriedad se disipó fugazmente, y una sensación de atracción, como si de un imán se tratase, la atrapó. Sentía que algo tiraba de ella, algo que quería que saliese por la puerta de la calle. Lo decidió rápidamente, se vistió ágilmente y salió por la puerta, con ganas de ver qué era eso adonde la llevaba esa sensación.
No observó ningún atisbo de extrañeza en la gente que la miraba por la calle, pero aún así, se sentía incómoda. A cada paso que daba, se preguntaba si alguien se había dado cuenta de que no llevaba la cabeza en su sitio. Giraron por la calle Redfield y cuando estaban frente al supermercado la sensación desapareció. Becka se quedó parada unos instantes, pero al fin decidió entrar.
Dentro del supermercado, la habitual sensación de frío rodeaba el ambiente. La sección de los congelados estaba vacía, la de la fruta (aparte de tres personas que comprobaban minuciosamente el estado de las piezas que se quería llevar) estaba casi vacía. En general, el supermercado no tenía mucha vida, pero claro, ¿qué se podía esperar de un martes a las nueve de la mañana? Becka decidió aprovechar ese momento para comprar lo que necesitaba. Por supuesto, las galletitas fueron su prioridad. Llegó a la sección de las tabletas de chocolate y las galletas, y con ansias, corrió al estante donde ya sabía que estarían sus galletitas preferidas, pero de pronto, ¡PAF! ¡Qué chasco! No quedaban galletitas.  La tristeza la sumió en un silencio bastante desagradable. Todo lo que le quedaba de esperanza se esfumó. Entonces, de pronto, sintió una respiración en la nuca.
-      ¿Buscabas esto?- las palabras salieron de un chico rubio y con unos ojos verdes sorprendentemente cautivadores. Tenía una caja con las galletitas que a Becka tanto le gustaban.
Se quedó flotando en esa mirada que le hacía cosquillas en el estómago. Sintió vértigo. Entonces miró sus labios carnosos y el deseo de plantarle un beso y marcharse con sus galletitas sintiendo euforia y satisfacción, pasó tentador por su mente, pero era demasiado tímida para hacer eso. Simplemente, se quedó mirando embobada.
De pronto, sintió que ya había visto esa mirada antes, y esos labios carnosos pasaron por su memoria como una serie de instantáneas. La imagen de una biblioteca y esos hermosos ojos verdes pasó fugaz por su mente, como el roce de un recuerdo. El chico pareció darse cuenta también, porque le regaló una enorme sonrisa que hizo que se ruborizara. El chico le ofreció las galletitas, y en el instante en que sus manos se tocaban, el corazón y la cabeza de Becka se colocaron, aunque no del todo.

5.8.10

El chico de la bici roja ♥


Era una mañana de verano. Yo estaba aprendiendo a montar en bici con mis padres y mis hermanos, tan solo tenía nueve años, y entonces le vi. Montaba en una bici roja antigua, su pelo revoloteaba a la dirección del viento y con este vino curiosamente un olor dulce como la miel, le miré embobada y me quedé poseída por sus ojos, eran del color del mar cuando no se sabe si es verde o azul, tendría unos dos años más que yo. Y me miró. Yo me ruboricé y entonces me sonrió, nunca olvidaría esa sonrisa torcida y pícara.  De pronto mi padre me llamó para que montara y cuando me di la vuelta ya no estaba.
Los próximos días seguí yendo a aquel instituto abandonado por la soledad del verano, y allí estaba él, dando vueltas y vueltas. Nunca hablaba con nosotros, simplemente daba vueltas con su bici roja, y como yo era muy tímida (y lo sigo siendo) tampoco hablaba. Hasta que aprendí a montar.
Ya lo dominaba bastante bien, así que me lancé. Empecé a dar vueltas y vueltas, como hacía él, y entonces me habló. Me dijo que se llamaba Jace, un nombre poco corriente en aquel pueblo, así que yo le dije el mío, que tampoco era muy corriente, la verdad. Y así le conocí, empezamos a hablar, todavía dando vueltas y vueltas, pero se bajó, yo me quedé parada, y me hizo señas para que le siguiera. Le seguí, cuando paramos de andar me hizo sentarme en un escalón de la puerta del instituto, de forma que un muro nos separaba de mis padres y mis hermanos. Yo estaba nerviosa, sinceramente, nunca había hablado con un chico a solas a no ser que fuera alguno de mis hermanos. Pareció darse cuenta porque me dijo:
-       Tranquila, relájate, no haré nada que tu no quieras que haga.
-       Vale - le dije un poco ruborizada.
Nos quedamos en silencio, yo estaba un poco incómoda, hasta que volvió a hablar.
-       ¿Sabes? La mejor forma de ser más extrovertido y no ponerte nervioso cuando estás con alguien que no conoces es dejarte llevar, haz como yo, cuenta todo lo que desees contar sin miedo a lo que puedan pensar.
-       La verdad, es que me cuesta mucho, porque no se me ocurre que decir.
-       No es problema, yo te cuento algo y tú me cuentas algo relacionado con eso. Por ejemplo…viajar, yo viajo todos los años con mis padres para conocer sitios nuevos y gente nueva, somos como…nómadas, no nos establecemos en un sitio fijo, mira, este año vivimos a las afueras del pueblo. Te toca.
-       Vale, pues… la verdad nosotros no viajamos fuera de España porque no tenemos mucho dinero, pero vamos al campo a ver paisajes nuevos, subimos montañas o nos bañamos en algún río o pantano.
-       ¿Ves? Así es más fácil.
Y así empezamos a hablar más tranquilamente, yo le miraba y él me sonreía con esa manera suya tan peculiar, a lo que yo le devolvía otra sonrisa. Hasta que cogimos confianza (y eso en unos minutos) y me rodeó la cintura con el brazo, me puse tensa y me susurró en el oído:
-       Tranquila… no haré nada que tu no quieras que haga.
Hizo ademán de quitar el brazo.
-       No, no me molesta, estoy bien así.
-       No tienes por qué hacerlo.
-       No, da igual.
Y así nos quedamos. Me gustaba sentirle cerca, y su olor dulce como la miel me relajaba dejándome llevar… Me apoyé en su hombro y empezó a acariciarme el pelo, y así pasó el tiempo mientras hablábamos y hablábamos.
Pero toda esa sensación de tranquilidad desapareció cuando de repente mis padres me empezaron a llamar, me puse nerviosa, que dirían si nos vieran juntos, él agarrado a mi cintura, y yo, apoyada en su hombro. Así que nos levantamos deprisa y mis padres aparecieron por la esquina del muro, se me quedaron mirando y dijeron:
-       ¿Qué hacías ahí sola todo el tiempo? ¿Estás preocupada? ¿Te pasa algo?
Era curioso, estaba con Jace, el estaba a mi lado.
-       Mamá, papá, ¿es que no lo veis? Estoy con Jace - entonces caí en que ellos no sabían su nombre - el chico de la bici.
-       ¿Qué chico, cariño? Ahí no hay nadie.
Entonces me giré y ya no estaba, había desaparecido, se había esfumado literalmente. Y eso me enfadó muchísimo.
Al día siguiente fui al instituto con mis padres y el no estaba, y no apareció nunca más. No le vi nunca más. Me entristeció, e intenté convencerme de que habían sido imaginaciones mías, pero no podía hacerlo porque yo sabía que había sido de verdad, porque lo había sentido. Después de los años iba a aquel instituto abandonado con la esperanza de que apareciera o al menos lo sintiera dentro de mí, pero no ocurría nada, así que fui olvidando casi toda su información, pero lo que nunca olvidé ni olvidaré son sus ojos, su olor dulce como la miel y su sonrisa torcida y pícara…


18.7.10

Dulce atracción... ♥


Pippa entró en el centro comercial. Había mucha gente. Se oían mil conversaciones a la vez. Siguió andando hasta que encontró a sus amigas. Habían quedado para ir al cine esa tarde, así que fueron directamente a comprar las entradas. Cuando las compraron, decidieron sentarse en una piedra de mármol que había enfrente de la entrada a los cines. Pippa estaba embobada, la verdad, no le apetecía ir a ver ninguna película en ese momento. Por lo menos, todavía quedaba media hora para que empezara.
-  ¡Pippa!, llamando a tierra…, estás dormida, tía, dijiste que no estabas cansada.
-  Oh! Ah, sí, claro. Es que, me duele un poco la cabeza, eso es todo.
-  Bueno, nosotras nos vamos a comprar palomitas y bebida, si lo prefieres puedes esperarnos aquí, no tardaremos mucho. ¡Pippa!, ¿me estás escuchando?
-  Ah, sí, mejor me quedo.
-  Vale, hasta ahora.
Todo el centro comercial estaba abarrotado. Entre el barullo, el calor, y el dolor de cabeza, Pippa estaba ya mareadísima. De pronto todo empezó a dar vueltas, y era como si el tiempo fuese a cámara rápida. Entonces, como un empujón, todo se paró. Pippa ahora se encontraba en el centro comercial, pero no había nadie. Enfrente de ella no estaba el cine, sino una especie de almacén de chucherías. Se levantó, ya no le dolía la cabeza. Empezó a andar por el centro comercial, cuando se dio cuenta de que ya no estaba el bar, ni la heladería, ni tampoco las tiendas de ropa, todas las tiendas ahora eran tiendas de chuches y gominolas. Cualquiera diría que era impresionante y genial, pero era como si todos esos colores absorbieran tu energía. Pippa extrañada, pero a la vez alucinada, vio como las columnas que sujetaban el techo de cristal se convertían en enormes regalices, y como el suelo se convertía en una gran tableta de chocolate. Era una explosión de dulces olores y muchos colores. Pippa, alucinada toco el suelo con un dedo y  lo chupó. Sin duda era el mejor chocolate que había probado en su vida, y además era como si una energía de gran potencia se apoderara de ella y empezó a comer impulsivamente. Entró en un montón de tiendas y probó un montón de sabores hasta ahora desconocidos para ella. De pronto, notó una especial atracción hacia una pequeña tienda desolada y corrió hasta ella. Cuando entró, paró, y sintió que no estaba sola. Cuando se dio la vuelta se encontró con unos atrayentes ojos verdes como la hiedra. Se quedó completamente hipnotizada. Un hormigueo la recorrió entera, entonces relajó la vista y vio a un chico atractivo, con rasgos exóticos y con ropa de colorines. Se acercó y fue a articular palabra cuando de pronto todo se volvió negro y se despertó.

8.7.10

Las estrellas motivan... ♥

Lenna y Lucas estaban tumbados contemplando las estrellas. Era un cielo precioso, se podían contemplar miles de estrellas sin la molestia de la luz artificial.
-    Dime Lenna, ¿cuál sería tu regalo perfecto?






-    Uhmmm, si te lo dijera no tendría gracia, lo interesante sería que tú lo adivinarás y     me dieses una sorpresa.
-    Podría ser, pero, ¿y si no lo adivino y no te gusta mi regalo?
-    Buena pregunta, pero te daré una pista. El regalo perfecto ya lo tengo, lo demás, simplemente lo complementa.
-    ¿Y cuál es tu regalo perfecto?
-    Me sorprende que no lo hayas adivinado – dijo Lenna, y le besó.

1.7.10

Sueños... ๑









Los sueños son sumamente importantes. Nada se hace sin que antes se imagine.
Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.
Un sueño es una escritura y muchas escrituras no son más que sueños.


No rechaces tus sueños. ¿Sin la ilusión el mundo qué sería?
Cuando nuestros sueños se han cumplido es cuando comprendemos la riqueza de nuestra imaginación y la pobreza de la realidad.
Confiad en los sueños porque en ellos se esconde la puerta de la eternidad..