22.1.11

El roce de un recuerdo

Cuando Becka se despertó, notó un extraño vacío en esa parte de su cuerpo situada en la zona izquierda del pecho. Se palpó pero no notó ningún latido, ninguna señal que indicase que estaba viva, con la sangre circulando por sus venas. No notó nada. La preocupación se agitaba en su interior. Lo primero que pensó fue que su vida, sencilla hasta ahora, se complicaría por completo. Lo segundo, y no menos importante, fue… ¿qué haría una chica por el mundo sin corazón? ¿Qué sentido tiene ir andando por ahí, sin poder sentir la velocidad de tus latidos? En fin, pobre Becka. Sentía que el mundo la había abandonado por completo.
Se levantó de la cama y fue al armario de la cocina, a ese estante donde se encontraban sus galletas preferidas, esas que siempre le sacaban una sonrisa cuando estaba deprimida. Entonces se dio cuenta de que se le olvido ir a comprar el día anterior. ¡Vaya! Así que también había perdido la cabeza y… espera, el corazón no puede haberse perdido, lo tenía muy escondido, ¡Claro! Ya está, ha perdido la cabeza, y le han robado el corazón. Ya lo tenía todo, pero, no, todavía faltaba algo, ¿quién le había robado el corazón? ¿Y donde había perdido la cabeza? Estas dos preguntas le acechaban insistentemente, todo el rato. A ver, concentrémonos, se dijo seriamente Becka. De pronto, la seriedad se disipó fugazmente, y una sensación de atracción, como si de un imán se tratase, la atrapó. Sentía que algo tiraba de ella, algo que quería que saliese por la puerta de la calle. Lo decidió rápidamente, se vistió ágilmente y salió por la puerta, con ganas de ver qué era eso adonde la llevaba esa sensación.
No observó ningún atisbo de extrañeza en la gente que la miraba por la calle, pero aún así, se sentía incómoda. A cada paso que daba, se preguntaba si alguien se había dado cuenta de que no llevaba la cabeza en su sitio. Giraron por la calle Redfield y cuando estaban frente al supermercado la sensación desapareció. Becka se quedó parada unos instantes, pero al fin decidió entrar.
Dentro del supermercado, la habitual sensación de frío rodeaba el ambiente. La sección de los congelados estaba vacía, la de la fruta (aparte de tres personas que comprobaban minuciosamente el estado de las piezas que se quería llevar) estaba casi vacía. En general, el supermercado no tenía mucha vida, pero claro, ¿qué se podía esperar de un martes a las nueve de la mañana? Becka decidió aprovechar ese momento para comprar lo que necesitaba. Por supuesto, las galletitas fueron su prioridad. Llegó a la sección de las tabletas de chocolate y las galletas, y con ansias, corrió al estante donde ya sabía que estarían sus galletitas preferidas, pero de pronto, ¡PAF! ¡Qué chasco! No quedaban galletitas.  La tristeza la sumió en un silencio bastante desagradable. Todo lo que le quedaba de esperanza se esfumó. Entonces, de pronto, sintió una respiración en la nuca.
-      ¿Buscabas esto?- las palabras salieron de un chico rubio y con unos ojos verdes sorprendentemente cautivadores. Tenía una caja con las galletitas que a Becka tanto le gustaban.
Se quedó flotando en esa mirada que le hacía cosquillas en el estómago. Sintió vértigo. Entonces miró sus labios carnosos y el deseo de plantarle un beso y marcharse con sus galletitas sintiendo euforia y satisfacción, pasó tentador por su mente, pero era demasiado tímida para hacer eso. Simplemente, se quedó mirando embobada.
De pronto, sintió que ya había visto esa mirada antes, y esos labios carnosos pasaron por su memoria como una serie de instantáneas. La imagen de una biblioteca y esos hermosos ojos verdes pasó fugaz por su mente, como el roce de un recuerdo. El chico pareció darse cuenta también, porque le regaló una enorme sonrisa que hizo que se ruborizara. El chico le ofreció las galletitas, y en el instante en que sus manos se tocaban, el corazón y la cabeza de Becka se colocaron, aunque no del todo.

5.1.11

Sus palabras resonaban en mi cabeza. Duras, como el acero, punzantes, como un aguijón. Me estaban destrozando poco a poco, haciéndome sufrir. Otro ataque de histeria y nervios le había cegado por completo. Ya no aguantaba más. El dolor de esa cuchilla oxidada en mi costado cada vez era más insoportable, cada vez se incrustaba más y más. Entonces noté esa sensación de ardor en mi garganta, esa sensación amarga que me indicaba que todo lo que tenía acumulado allí dentro tenía que salir. Tenía que desprenderme de todo ese dolor que me había encerrado en este infierno, ese dolor que sólo él había causado. Un grito más. <<¡No!>>
-      ¡¡Basta!!
Lancé tal grito que hasta a mí se me erizó el vello de la piel. Todas esas lágrimas de amargura brotaron de mí y cayeron por mi mejilla como pequeños trozos de hielo. Me cogió del brazo, apretándome con fuerza, pero era una fuerza vaga, en vano. La fuerte ahora era yo, pues él sólo había conseguido alimentar mi ira, y así mi fuerza con sus sucias palabras. Así pues me harté. Le dije toda la mierda que había llegado a ser, le dije todo eso que durante meses se me presentó en la mente como imposible de decir, de liberar. Le dije la verdad.
Me empujó brutalmente a la pared cogiéndome de las muñecas, pero yo fui más rápida y lista, pues le di una patada donde más le dolía. Y aún fue más duro, porque le pisé todo su orgullo.
-      ¡¡Cabronazo!!- le dije.
Cayó al suelo y me dirigió su mirada más cruel, una mirada llena de odio. Pero a mí ya nada me importaba eso. <<¡Al diablo!>>
Salí corriendo al rellano. Me alcanzó, entonces me di la vuelta y le di un puñetazo en la cara con toda la fuerza que tenía dentro. Y me fui, dejándole allí, con toda su mierda. Si quería limpiarla, me daba igual. Las oportunidades ya habían pasado para él. Al salir fuera noté el aire fresco de esa mañana. Estaba libre, libre de él, libre de todo. Corrí, grite, eufórica, mientras la gente recién despertada por mi culpa me miraba con rabia. Por fín. Me sentía feliz. Me sentía… FRESCA Y LIBRE.