20.9.10

Gina...★








El invierno ya había llegado. El viento del norte bramaba con fuerza, frío y seco. Las primeras casas ya se veían, la iglesia se erguía, imponente. Tras la niebla se distinguía un bulto violeta y llamativo. Se movía lentamente.

Gina ya había llegado a su próximo destino, un pequeño pueblo de Francia, cerca de París, un sitio nuevo, un mundo nuevo. Cansada, pero con ilusión, tenía muchas historias que contar. Como habitualmente hacía, exploró este nuevo e interesante lugar, y antes de que la gente saliese de sus casas para aprovechar la mañana, llamó a la primera puerta que vio. Olía a pan recién hecho y pasteles. No pudo evitar sentir un poco de hambre al olerlo. La puerta se abrió y tras ella se dejó ver una mujer mayor, cansada y con unos preciosos ojos azules pero que no dejaban mostrar su hermosura debido a su tediosa vida. Pero eso iba a cambiar. Gina, como siempre hacía, mostró su gran sonrisa y pidió alojo a cambio de muchas historias que contar. La mujer, como todos, no pudo evitar sentir una pizca de curiosidad por aquella nueva y singular chica. Y como todos solían hacer, sin dudarlo, la invitó a entrar. Ya entrada la tarde, el día cambió. El sol asomaba, cálido y regalado, y ya todo el mundo sabía de Gina y parloteaban animadamente sobre ella. Como siempre, la misma pregunta se repitió muchas veces: ¿De dónde eres? Y como siempre, Gina respondía lo mismo: soy de muchos sitios, viajo, conozco, cuento y dejo huella.

Todos sentían curiosidad por ella. Y no eran capaces de ocultar su ilusión y ganas de escuchar las prometidas historias que esa noche tendrían lugar. Cuando esta llegó, Gina comenzó a contar. Todos la escuchaban con entusiasmo y siempre querían más. Cuando notaban que era demasiado tarde, Gina prometía más. Y así pasaba el tiempo, con sus días, semanas… hasta que el viento del norte volvía a llamar, anunciando sitios nuevos que conocer y la mucha gente deseosa de escuchar, esas historias, que Gina iba a contar. Como siempre, Gina pudo despedirse de todos y hacerles saber la huella que habían dejado en ella cada uno de ellos. Y así, sin palabras, les dejaba, pues no hacían falta palabras para saber que ellos jamás la olvidarían a ella. Porque Gina, siempre dejaba huella.

P.D.: Porque todos podemos ser Gina. Todos podemos contar historias y dejar huella.